2/4/20

AQUEL PATITO FEO LLAMADO ANDERSEN





Hoy es el aniversario del nacimiento de Hans Christian Andersen (2.04.1805) y, como todos los años, en conmemoración, se celebra en esta fecha el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil.

A Andersen se le recuerda principalmente por sus cuentos, sobre todo por aquellos que más se han popularizado –y también se han manipulado y edulcorado-, por considerarlos especialmente apropiados para la infancia. No obstante, tiene también alguno más del gusto adulto, como esa joyita titulada La sombra (enlace).
Sus cuentos se han divulgado tanto, que se tiende a confundirlos con aquellos anónimos de la tradición oral como los recopilados o transformados por escrito por Charles Perrault o los hermanos Grimm.

Han sido muchos los que han visto autorretratado a Andersen en uno de sus más populares cuentos: El Patito Feo. Aunque Ana Mª Matute –gran admiradora del autor danés-, prefería denominarlo “Ala de cisne” en alusión a ese otro cuento suyo en el que la joven Elisa, padeciendo terribles dolores en sus manos y con la promesa de permanecer muda mientras durase su labor, recolecta ortigas entre las tumbas del cementerio y, convirtiéndolas en lino, teje once camisas para liberar a sus once hermanos del hechizo que los ha convertido en cisnes. Pero a la última camisa, la del hermano menor, no le da tiempo de terminarle de tejer una manga…  
Aseguraba Matute: “Por el mundo vamos muchas personas con un ala de cisne”. Y defendía que solo Andersen y Peter Pan fueron niños que no crecieron jamás.


La mayoría de los cuentos de Andersen –los originales, no los refritos-, son, como su vida, dolorosos, con frecuencia desgarradores y tristes: La Sirenita (poco que ver con la versión dulcificada de Disney), La cerillera, El abeto, Los zapatos rojos, El intrépido soldadito de plomo, El cofre volador… y tantos otros, no tienen lo que se podrían llamar finales felices, están más bien tintados de una poética melancolía llena de pérdidas y añoranzas.
Siempre me llamó la atención la frecuencia con la que muchos personajes de Andersen padecen de atroces sufrimientos en las extremidades, especialmente en los pies.

Hans Christian Andersen -hijo de una lavandera y de un inquieto y soñador joven zapatero que murió cuando su hijo tenía 11 años-, pasó su infancia en la más absoluta pobreza. Era larguirucho, desgarbado, tímido, y también sensible, imaginativo, lector, curioso, viajero y decidido.
A los catorce años, partió en busca de fortuna a Copenhague, donde aspiraba a convertirse en cantante, actor, bailarín o poeta. Todo ello fracasó, sin embargo, consiguió la protección de personas adineradas que le apoyaron para que continuara los estudios abandonados en la infancia.
Su empeño por triunfar en la esfera cultural adulta continuó fracasando, sin embargo, su inesperado éxito y reconocimiento tuvo lugar en un ámbito al que él no se había propuesto aspirar: el de la infancia. Con la aparición de sus cuentos, se obró la metamorfosis del patito feo… o de ese hombre al que siempre le quedó un ala de cisne y que nunca dejó de ser un niño.
Inspirándose en tradiciones populares y narraciones mitológicas, Andersen llegaría a escribir cerca de 200 cuentos.

Su vida amorosa también tuvo un trasfondo amargo y de deserción; como se filtra en muchos de sus cuentos, sus amores fueron diríase que imposibles o -más pronto que tarde-, rechazados; ya se tratara de mujeres o de hombres.
Como en ese muy peculiar cuento suyo de El cuello de camisa, por más que este intenta enamorar desde a una liga hasta a un peine o a una plancha, todos lo rechazan y el pobre cuello, lleno de culpas, acaba convertido en un harapo para fabricar papel… en el que escribir cuentos.



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