14/10/20

CENTENARIO DEL MAESTRO RODARI



Recién estrenada la década de los 80 del siglo pasado, un libro me asaltó desde un estante casi a ras de suelo de la librería Vara de Rey de Ibiza. Fue una epifanía. Se titulaba Gramática de la Fantasía. Desde esos mis primeros años de práctica docente Gianni Rodari se convirtió en un referente que, de forma directa o indirecta, permanecería siempre latente y señalándome nuevos senderos a explorar; porque todos los caminos (creativos) conducen al Maestro Rodari.


Todavía conservo aquel ejemplar totalmente descuajeringado por el uso, una especie de baraja de hojas sueltas con anotaciones y subrayados. Después vendrían las lecturas y usos compartidos de sus múltiples publicaciones destinadas a la infancia. A estas se irían sumando sus canciones, sus talleres, su relación con el Movimento di Coperazione Educativa (MCE), con Reggio Emilia y la galería de interesantes miembros del grupo que impulsó las escuelas de esa ciudad italiana en la posguerra: Loris Malaguzzi, Mario Lodi, Ada Gobetti, Bruno Ciari o el propio Rodari. La relación de este con figuras como Francesco Tonucci, Franco Passatore, Bruno Munari… 


En definitiva: Rodari como "piedra en el estanque" que provoca múltiples ondas concéntricas, que pone en movimiento creaciones y creadores girando en torno al juego, los aprendizajes y la infancia. 

El 23 de octubre de este extraño año 2020 se celebra el centenario del nacimiento de Rodari. Visto el acontecimiento en perspectiva ya desde el año pasado, sin duda, este era el curso por excelencia para celebrar su figura y su legado, especialmente entre maestros como él, en centros educativos y en otros tantos contextos que brindan la posibilidad de ofrecer charlas, juegos, talleres y proyectos. Una invitación idónea a la colaboración creadora, el fomento de la lectura, la narración escrita y oral (incluso por teléfono), el teatro, y el descubrimiento e investigación en torno a la figura de Rodari y su contexto personal, social e histórico. 

Lamentablemente, apenas comenzado este año 20, la insólita adversidad de la pandemia puso el mundo patas arriba limitando mucho nuestras perspectivas y libertades. No obstante, dentro de las limitaciones y en homenaje a Rodari, recurriendo a la cita que él mismo hace de las palabras de Novalis, siempre nos quedará la “Fantástica”: 

Si tuviéramos una Fantástica como hay una Lógica se habría descubierto el arte de inventar. 

¿Y qué mejor situación esta para recurrir a la Fantástica? Ya imagino al centenario Rodari, allá donde esté, jugando al prefijo arbitrario con el “pan” de “pandemia”. Por ejemplo con un titular periodístico: 

EL DICCIONARIO GRAVEMENTE AFECTADO POR UNA PANZETA 

Todaz laz palabraz zufren invazionez de zetaz zalvo algunaz azintomáticaz que… 

O jugando con binomios fantásticos como “paraguas–coronavirus” o “garbanzos–confinamiento”… 
O haciendo viajar con unos versos a Juanito Pierdedías: 

Juanito Pierdedías 
buscando una vacuna, 
a lomos de una vaca, 
voló hasta una laguna. 
(…) 

O dejando caer sobre nuestro maltrecho planeta “bombas de fantasía” en forma de maravillosos virus de beneficios pandémicos. 
Y ya puestos, ante la incertidumbre en que vivimos, plantear la hipótesis fantástica del “¿y qué ocurrió después?” o ¿qué pasaría si…?, dando a las historias diferentes finales alternativos. 


Antes de sospechar la inimaginable aparición del coronavirus, junto con una maestra con la que suelo colaborar, andaba urdiendo un proyecto que ya había comenzado a ponerse en marcha y quedó interrumpido por el estado de alarma. Partíamos del binomio doblemente fantástico compuesto por dos cumpleañeros: Gianni Rodari y el Barón de Münchhausen (del que este año se celebra el 400 aniversario de su nacimiento). 


Se barajaba, incluso, la posibilidad de convocar a una tercera invitada especial: Pippi Calzaslargas, personaje -como los miembros del binomio-, capaz de inventarse las más fantásticas y divertidas aventuras, juegos, ingenios, historias y trolas. 
Rescataremos con paciencia lo que el virus con corona buenamente nos permita durante su reinado. No obstante, recuerdo que desde el 23 de octubre de 2020 hasta el 22 de octubre de 2021, el centenario seguirá siendo el centenario y, por consiguiente, cualquiera de todos esos días se pueden seguir celebrando los cien años de Gianni Rodari. Además, por supuesto, siempre estarán los múltiples días de no-cumpleaños. 


Jugando con Rodari en algunas entradas de este blog:                     


28/5/20

HAYAO MIYAZAKI: EL MAESTRO DEL ANIME



En la primera década de este siglo, Susana Benet, escritora y acuarelista especializada en el cultivo del haiku occidental, me presentó a Raúl Fortes; docente de lengua y cultura japonesas en la Universidad de Valencia, licenciado en Comunicación Audiovisual, Doctor en Historia del Arte, admirador y estudioso de la obra de Hayao Miyazaki y buen conocedor de la cultura nipona.

Raúl había publicado un excelente análisis de la película de Miyazaki El viaje de Chihiro (película que me despertó en su momento mucho interés, como otras del autor). Un libro -de cuya lectura disfruté enormemente-, en el que el Fortes desentraña mil y un vericuetos simbólicos de este cuento cinematográfico, acercando al espectador occidental a la comprensión de numerosos datos solo comprensibles desde la cultura oriental y el sintoísmo.


Entre otras investigaciones y artículos sobre el autor nipón, Fortes publicó en 2019 un completo y denso ensayo que acabo de leer titulado Hayao Miyazaki (Akal). Genial para este estado de confinamiento en el que he podido revisitar muchas de las películas del autor japonés.


A cualquier persona interesada en este asunto, lo primero que le sugeriría es que destierre ese prejuicio tan nuestro de concebir sistemáticamente el cine de animación como producto exclusivo (y en buena medida subvalorado) para la infancia.

Miyazaki declara:
“El cine ha de tener una función catártica (…) Odio las películas de Disney porque uno sale de ellas con la misma estrechez de miras con la que entró a verlas. En mi opinión, estos films no hacen sino menospreciar al público.
Hacer una auténtica película para niños supone un reto titánico, debido a la necesidad de mostrar claramente la esencia de un mundo en extremo complejo. De ahí que un filme dirigido, de verdad, a ellos, guste también a los adultos. (…) Me opongo a presentarles las cosas de forma simplificada. El quid de la cuestión es que los niños saben, intuyen de algún modo y comprenden a la perfección la complejidad y la angustia del mundo en el que vivimos, así que sugiero que no se les subestime.”

La animación es una forma de hacer cine que, en el caso de Miyazaki, entre otros, si bien contempla en primera línea a la infancia, se dirige a espectadores de cualquier edad dispuestos a desentrañar algo más que “dibujitos”.  


Hayao Miyazaki, dibujante, animador, escritor, realizador, guionista, director de cine y co-fundador de Studio Ghibli, tiene una magistral forma de desarrollar su obra de anime. En ella hay constantes que se convierten en sello indiscutible de sus películas. Me limito a resumir aquí lo que considero más destacable de cuanto Raúl Fortes analiza extensa y meticulosamente en su último ensayo:

- Como en los cuentos de hadas y fábulas tradicionales, lo sobrenatural, lo onírico, lo maravilloso, está integrado en lo cotidiano y, por extraordinario que resulte, forma parte de lo ordinario. Lo fantástico tiene la misma entidad verdadera que eso que llamamos realidad; es la otra cara de la moneda.
Curiosamente, Miyasaki inició el proyecto de llevar al cine la famosa tira cómica de Winsor McCay "Little Nemo en el país de los sueños", y lo abandonó porque le pareció muy simplista que toda la historia fuese al final un simple sueño, pues sueño y vigilia forman parte de una misma realidad.

- El viaje iniciático de los protagonistas. Este suele terminar, no con un concluyente final feliz, sino en el punto en el que el personaje protagonista supera “temporalmente” la adversidad. Después… son múltiples los acontecimientos que podrían suceder.

- La orfandad. Como en los cuentos, muchos de los protagonistas miyazakianos son huérfanos o con padres ausentes. Y es que la orfandad, ya sea literal o simbólica, es el perfecto punto de partida para un viaje iniciático hacia el crecimiento y la madurez. No obstante, tal y como señala Fortes, el respeto a las normas de los padres o las generaciones precedentes, se contempla celosamente en Japón, por lo que la opción de Miyazaki lleva implícito un acto de subversión, máxime, por ejemplo, en el caso de Chihiro, cuyos padres, convertidos en cerdos, no ejercen como tales.



- El frecuente protagonismo de personajes femeninos. Con ello, Miyazaki no cae en el maniqueísmo facilón de presentar a sus heroínas como negación o –peor aún-, suplantación de lo masculino, sino como integración complementaria de lo femenino y lo masculino, al igual que el símbolo oriental del yin y el yang.

- La fusión armónica entre oriente y occidente con abundantes creaciones, adaptaciones y recreaciones a partir de los más diversos referentes: literarios, mitológicos, cinematográficos, arquitectónicos, geográficos, históricos, mecánicos y tecnológicos, de indumentaria, de tradiciones culturales… Retazos de aquí y de allá armónicamente entretejidos.

- Surcar los cielos: el aire, el viento, el vuelo, la aviación, las aves Son una constante en la filmografía de este autor como símbolo de superación, de aventura, crecimiento, libertad y esperanza.
Conviene recordar que el padre y el tío de Miyazaki se dedicaban a la fabricación de piezas para aviones de combate japoneses; lo que imprimió cierta marca en su vida y su obra. No es pues de extrañar que sienta interés por figuras como Antoine de Saint Exupèry o Roald Dahl, ambos aviadores además de escritores.








- El antibelicismo y la armonía entre el ser humano y la naturaleza. La filmografía de Miyazaki está sembrada de artefactos mecánicos y actitudes bélicas generadoras de destrucción y desastres humanos y medioambientales. Es evidente que su autor no se opone a la tecnología, pero advierte una y otra vez de los peligros de su uso indiscriminado. Paralelamente, insiste en el respeto y preservación de la naturaleza -de forma más implícita que explícita-, a través de sus dibujos. La animación de sus escenarios naturales es, en sí misma, un alegato en defensa de la belleza y la necesaria conservación de la naturaleza.  

Y, por último, el aspecto que, sin duda, me parece más revelador e interesante puesto que envuelve e integra en un todo el conjunto de las claves de la filmografía de este autor:

- El budismo y el sintoísmoSegún cita Fortes, el budismo predica que “todos estamos interconectados y somos interdependientes. En el nivel más profundo, todos somos uno.” Lo que evidencia la imposibilidad de vivir apartados del mundo que nos rodea, así como la imposibilidad de separar lo maravilloso de lo cotidiano, lo masculino de lo femenino, lo vivo de lo inerte, la fortuna de la adversidad, lo divino de lo humano, la bondad de la maldad… De ahí que la obra de Miyazaki se desarrolle siempre desde un enfoque múltiple que no admite simples dualidades contrapuestas, pues todo entra en un único engranaje vital, todo tiene su función y nada es inútil.
No es casual que Miyazaki trate con tanto mimo y cuidado el diseño de los escenarios, no los concibe como meros espacios en los que situar a los protagonistas humanos, tienen la misma importancia que los personajes, pues todo está condicionado por todo. Los engañosos dualismos confrontados no tienen cabida más que en la mente de las personas.
Así pues, las películas de este cineasta, impiden al espectador llegar a una verdad única, cómoda, simplista y concluyente, por ejemplo, sobre los buenos y los malos. Comprender al enemigo significa comprender en qué nos parecemos a él. Miyazaki apuesta antes por la aceptación y conciliación que por la venganza. Todo tiene sus luces y sus sombras, como el complejo mundo en el que vivimos.
Hay una enseñanza básica del budismo –señala Fortes-, según la cual, cuanto más alejados del mundo nos sintamos, mayor será nuestro engaño y, por consiguiente, el sufrimiento derivado de este. Por el contrario, ser conscientes de los lazos que nos unen a él y vivir conforme a ello, permitirá que nuestra existencia discurra de manera natural, lo que nos hará más felices.























Miyazaki defiende que "Las ideas vienen de lo inesperado. Las tramas lógicas sacrifican la creatividad. A mí me interesa romper las convenciones. Los niños lo entienden, ellos no funcionan con la lógica".

Para muestra, este excelente cortometraje de 2010 titulado



Habría sido, cuando menos, deseable, que hubiese salido adelante el intento, en los pasados años 70, de crear una película basada en el libro "Pippi Calzaslargas" de la autora sueca Astrid Lindgren. Desgraciadamente no fue posible llegar a un acuerdo sobre los derechos de adaptación. Miyazaki elaboró algunos bocetos.

Ya son varias las ocasiones en que Hayao Miyazaki (Tokio, 1941) ha anunciado su retiro, la última en 2013 tras el estreno de su último film "El viento se levanta". Sin embargo, una vez más, ha sido incapaz de vivir sin hacer cine; para 2020-2021 se espera el estreno de un nuevo largometraje titulado "¿Cómo vives?".

Para más información sobre el autor y su trabajo: el documental de cuatro capítulos “10 años con Hayao Miyazaki” (enlace aquí).

22/4/20

ME PREGUNTO,… PREGUNTO


Fotografía de Rubén Vicente (Albarracín 2017)


Durante décadas me vengo planteando si el concepto de educación en su más amplio sentido (escolar, social, familiar), no necesitaría abandonar esa inercia de constante huída hacia adelante basada en parámetros anacrónicos y ortopédicos.
Una inercia que da poco pie a la reflexión, análisis y replanteamientos sobre las necesidades de la infancia hoy y que se autocomplace con frecuencia con la aplicación de fórmulas superficiales de moda y de apariencia innovadora pero, eso sí, sin dejar de correr, en ocasiones por varias pistas en paralelo que se contradicen entre sí.
En su mayoría, estas aplicaciones suelen dar como resultado los mismos perros con distintos collares.
En primer lugar porque, incluso desconociéndolo, presentan de forma superficial, como ingenios recién descubiertos, paradigmas que ya se planteaban hace siglos, aunque nunca se les permitió arraigar en la Escuela Pública.
En segundo lugar porque tienden a cambiar el escaparate de la punta del iceberg manteniendo en la gran masa oculta los mismos mecanismos de homogeneización, competitividad, falta de creatividad, de escucha, de acción e iniciativas, de pensamiento crítico…

En definitiva, durante décadas me vengo planteando si el sistema educativo no necesitaría un frenazo desde el que dejar de correr sin pausa por pura inercia para poder repensarlo, cuidarlo y restaurarlo.
Y resulta que el frenazo nos ha sido impuesto de golpe y porrazo de la forma más insospechada: por la pandemia provocada por un bicho microscópico.
¿Y cómo hemos reaccionado? Intentando seguir corriendo contra viento y marea a través de pantallas. Es decir, ignorando todavía más y sin despeinarnos, el ineludible componente humano, humanístico, humanizador que exige cualquier educación que se precie.

No importa que el mundo se vaya a pique, nosotros, los adultos, a la nuestra: hay que imponer a niños y jóvenes que nadie pierda clase ni deje de ser evaluado. Así que:
Tareas y más tareas, rendimiento académico que justifique las exigencias de los currículos establecidos, examinar, evaluar, presionar en aras de que no se desajuste el sacrosanto sistema institucionalizado. Estresar al alumnado, a sus familias y al profesorado. Estrés, siempre estrés. Que no cese la inercia de la eterna carrera competitiva a contrarreloj.
Como comentaba en una vieja entrada de este blog, vivimos bajo el “síndrome del basilisco”. (enlace aquí)

Chema Madoz
Como acto de resistencia al despropósito de esta educación online, escolares y jóvenes estudiantes de diversos países gravemente afectados por el coronavirus (China, España) han aprendido algo nuevo, no a través de los ejercicios y exámenes que se les imponen, sino ingeniándoselas para sabotearlos mediante hackeos que bloquean el sistema o con el uso de aplicaciones que ofrecen las respuestas correctas de forma tan mecánica como la que ha guiado las preguntas. Estas reacciones nos ponen ante el espejo de lo que podría ocurrir en el caso de que ya se ande rumiando una futura educación virtual de esta índole.

Pero no es aisladamente la educación la que plantea interrogantes porque, claro, todo está conectado, nada funciona por compartimentos estancos e inconexos, aspecto al que, por cierto, parece seguir aferrándose el sistema educativo con sus inamovibles “asignaturas” y horarios de “zapping”.
En estos días, ante la escolarización “tecnologizada”, parece que preocupan también las desigualdades. Hay escolares que no tienen acceso a Internet, que no disponen de un ordenador. ¡No importa! Sigamos a ciegas con nuestra huída hacia adelante: se les proporcionarán tarjetas de acceso a Internet, tablets, portátiles, lo que haga falta, oiga.

¿Y si nos preguntamos por el coste (no solo económico) de este uso, abuso y dependencia de las tecnologías?

¿Cuántas miserias y vidas se cobra la industria tecnológica en los países pobres? ¿Qué hay de las minas de coltán? ¿Y de nuestra basura informática?
No olvidemos que la alarma ante la que nos encontramos afecta a todo el planeta. Así de interconectado está todo, y no solo para lo que nos interesa.

¿Qué consecuencias adictivas o deformantes tienen estas dependencias que se nos están imponiendo con la tecnología: educación, teletrabajo, ocio, información, desinformación, contactos socio-virtuales…?

¿Hasta qué punto estamos dispuestos a informatizarnos las vidas regalando nuestra privacidad al big data; ese ojo panóptico digital y globalizado al que le ofrecemos sin inmutarnos nuestra intimidad para su libre manejo y provecho en los mercados?

Todo es una cuestión de ECOLOGÍA que –recuerdo-, estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con el medio en el que viven.
Cuando se habla de ecología tendemos a pensar en el planeta, la flora, la fauna, el clima, el paisaje… al margen de la ecología humana; otra vez esos compartimentos estancos que NO existen.

¿Qué tal una educación que atienda a la ecología de la infancia y la juventud. A sus disposiciones naturales?

¿Nos planteamos de dónde ha salido este virus que ha paralizado a la población mundial? ¿No será porque nos creemos desvinculados del medio al que maltratamos y este nos lo ha recordado poniéndonos en nuestro sitio? ¿O acaso fue un experimento de laboratorio?

¿Seremos los seres humanos capaces de sacar algo constructivo de este frenazo global que nos ha acorralado?

¿Aprovecharemos el respiro que se ha cobrado el planeta para lanzarnos a machacarlo y contaminarlo escudándonos en la limosna que le hemos concedido?

¿Acabaremos sacrificando nuestras libertades a cualquier precio con tal de sobrevivir para seguir corriendo? ¿O, como los chavales, estaremos dispuestos a boicotear las ruedas de molino con las que no estamos dispuestos a comulgar?

¿Sabremos replantearnos cuáles son las necesidades de la naturaleza toda, incluida la de la especie humana que es tan naturaleza como las gambas o las violetas?

¿Nos atreveremos a parar de correr como basiliscos para osar mirarnos al espejo?

Por el momento, la mayoría de las reacciones parecen seguir la misma inercia de continuar corriendo a toda velocidad sobre la superficie del espejo con la cabeza bien alta.
Sin embargo, no es posible que algo tan trascendental como lo que nos está ocurriendo pase sin pena ni gloria como si nunca hubiese ocurrido. Todo acontecimiento –y más de este calado-, deja huellas. Ahora falta saber cuáles.

12/4/20

“ASÍ ES LA VIDA” Y LA PANDEMIA


Desde que hace ya un mes, vivimos confinados (desconociendo todavía hasta cuándo), el libro “Así es la vida” -de cuyas ilustraciones y texto somos, respectivamente, autoras mi hermana y yo-; parece que ha tomado un nuevo impulso un tanto especial.

El libro se publicó a finales de 2005 y va camino de conquistar su decimosegunda edición en castellano. Nunca fue especialmente promocionado ni publicitado, su difusión se debe, principalmente, a un misterioso “boca-oreja” de transmisión internacional.

El día 20 de marzo –con gran sorpresa por mi parte-, algunas de sus páginas cerraron un telediario de la primera cadena de TVE. La recomendación de su lectura venía impulsada por la situación que ciudadanos de toda edad y condición estamos viviendo ante la pandemia.
Desde ese momento, muchas personas se han puesto en contacto conmigo y he visto aparecer las más diversas reseñas, recomendaciones, vídeos… al respecto.

En la intención tanto mía como de mi hermana (que, desgraciadamente, ya no está entre nosotros) NUNCA estuvo ni está la de poner ningún tipo de “etiqueta” al libro. Me explico:

¿Para qué edad está recomendado? –Para quien disfrute de él. Sin límites de edad por arriba o por abajo.
¿Es un libro de literatura infantil? –Tal vez, pero quizá no solo infantil.
¡Ah!, es que como tiene “dibujitos” -¿¿??
Y después están todas esas etiquetas ortopédicamente prefabricadas de las que la pobre criatura no se ha podido librar: es para “trabajar los valores”, un libro de “autoayuda”, para la “educación emocional”, para gestionar la “tolerancia”, para “trabajar la frustración”, para “mejorar la capacidad de resiliencia”, para “explicar la muerte”, etc., etc. (términos que aparecen en las redes sociales).

Personalmente, así, en términos generales, no considero que ningún libro deba ser “para” nada que no sea el placer de leerlo, a menos que el lector, como tal e individualmente, le quiera atribuir su “para” particular.


Evidentemente, “Así es la vida” habla de la vida y, por tanto, es ineludible que hable también de la muerte. Entre la una y la otra experimentamos placeres, deseos, frustraciones, logros, pérdidas, ganancias, asombros, esfuerzos, entusiasmos, alegrías, adversidades… 
Seguro que en estos momentos tan insólitos e inesperados provocados por el tal coronavirus, muchas de estas vivencias están a flor de piel. Todas ellas son universales y comunes al ser humano, pero al mismo tiempo contienen millones de experiencias únicas, íntimas e individuales que, en el caso del libro, como ocurriría ante cualquier lectura, pertenecen a cada lector, independientemente de que las quiera comunicar o no.
Tras darle a conocer “Así es la vida”, un niño de 4 años, muy ensimismado, nos proporcionó una de las más estupendas conclusiones sin etiquetaje ni moralina ninguna:

“¡Qué largo es el camino de la vida
y cuántas cosas tiene para elegir!”

               Eso es todo.                


Ante la literatura denominada “infantil”, los adultos tenemos la horrible costumbre “didáctica” de adelantarnos (pura adivinación), a lo que el niño ha de interpretar, de explicárselo, desmenuzárselo, “trabajar” algo “para”, cargarlo de avisos, moralinas y supuestas enseñanzas; en lugar de dejarlo en paz con sus adentros o escucharlo, si es que tiene la necesidad de expresar algo al respecto en ese mismo momento o en otro.

Otro de los hábitos muy extendidos en lo que se refiere a libros destinados a niños es denominarlos, automáticamente a todos, “cuento”. No importa si se trata de libros informativos, poesía, relato gráfico… Si no tienen un excesivo número de páginas y además están ilustrados: ¡Cuentos! Sobreentendiendo, además, que, en ese caso, están exclusivamente dirigidos a la infancia.
“Así es la vida” tampoco escapa a la denominación de “cuento”. Y, sinceramente, a parte de “libro ilustrado” o “álbum ilustrado”, yo no sabría decir si pertenece a un género concreto. El cuento es un género literario en el que caben muchos matices posibles, pero a mí no me parece en este caso que se trate de un cuento. De hecho, siempre dije que “Así es la vida” es un NO-cuento que, como todos los cuentos maravillosos, avisa de que, a pesar de las adversidades, la vida vale la pena.

En cualquier caso, contar cuentos y no-cuentos, tiene lo que dice el trabalenguas, que:


Cuando cuentas cuentos
nunca sabes cuántos cuentas,
así que, cuando cuentes cuentos,
cuenta cuántos cuentos cuentas
y me dices cuántos cuentas.

2/4/20

AQUEL PATITO FEO LLAMADO ANDERSEN





Hoy es el aniversario del nacimiento de Hans Christian Andersen (2.04.1805) y, como todos los años, en conmemoración, se celebra en esta fecha el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil.

A Andersen se le recuerda principalmente por sus cuentos, sobre todo por aquellos que más se han popularizado –y también se han manipulado y edulcorado-, por considerarlos especialmente apropiados para la infancia. No obstante, tiene también alguno más del gusto adulto, como esa joyita titulada La sombra (enlace).
Sus cuentos se han divulgado tanto, que se tiende a confundirlos con aquellos anónimos de la tradición oral como los recopilados o transformados por escrito por Charles Perrault o los hermanos Grimm.

Han sido muchos los que han visto autorretratado a Andersen en uno de sus más populares cuentos: El Patito Feo. Aunque Ana Mª Matute –gran admiradora del autor danés-, prefería denominarlo “Ala de cisne” en alusión a ese otro cuento suyo en el que la joven Elisa, padeciendo terribles dolores en sus manos y con la promesa de permanecer muda mientras durase su labor, recolecta ortigas entre las tumbas del cementerio y, convirtiéndolas en lino, teje once camisas para liberar a sus once hermanos del hechizo que los ha convertido en cisnes. Pero a la última camisa, la del hermano menor, no le da tiempo de terminarle de tejer una manga…  
Aseguraba Matute: “Por el mundo vamos muchas personas con un ala de cisne”. Y defendía que solo Andersen y Peter Pan fueron niños que no crecieron jamás.


La mayoría de los cuentos de Andersen –los originales, no los refritos-, son, como su vida, dolorosos, con frecuencia desgarradores y tristes: La Sirenita (poco que ver con la versión dulcificada de Disney), La cerillera, El abeto, Los zapatos rojos, El intrépido soldadito de plomo, El cofre volador… y tantos otros, no tienen lo que se podrían llamar finales felices, están más bien tintados de una poética melancolía llena de pérdidas y añoranzas.
Siempre me llamó la atención la frecuencia con la que muchos personajes de Andersen padecen de atroces sufrimientos en las extremidades, especialmente en los pies.

Hans Christian Andersen -hijo de una lavandera y de un inquieto y soñador joven zapatero que murió cuando su hijo tenía 11 años-, pasó su infancia en la más absoluta pobreza. Era larguirucho, desgarbado, tímido, y también sensible, imaginativo, lector, curioso, viajero y decidido.
A los catorce años, partió en busca de fortuna a Copenhague, donde aspiraba a convertirse en cantante, actor, bailarín o poeta. Todo ello fracasó, sin embargo, consiguió la protección de personas adineradas que le apoyaron para que continuara los estudios abandonados en la infancia.
Su empeño por triunfar en la esfera cultural adulta continuó fracasando, sin embargo, su inesperado éxito y reconocimiento tuvo lugar en un ámbito al que él no se había propuesto aspirar: el de la infancia. Con la aparición de sus cuentos, se obró la metamorfosis del patito feo… o de ese hombre al que siempre le quedó un ala de cisne y que nunca dejó de ser un niño.
Inspirándose en tradiciones populares y narraciones mitológicas, Andersen llegaría a escribir cerca de 200 cuentos.

Su vida amorosa también tuvo un trasfondo amargo y de deserción; como se filtra en muchos de sus cuentos, sus amores fueron diríase que imposibles o -más pronto que tarde-, rechazados; ya se tratara de mujeres o de hombres.
Como en ese muy peculiar cuento suyo de El cuello de camisa, por más que este intenta enamorar desde a una liga hasta a un peine o a una plancha, todos lo rechazan y el pobre cuello, lleno de culpas, acaba convertido en un harapo para fabricar papel… en el que escribir cuentos.



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21/3/20

¿NOS ESTÁN SOÑANDO?


Cajas de sueños de Joseph Cornell

Seguro que en estos días de cuarentena global y ante la insólita situación mundial, a todos se nos ha planteado en algún momento la idea de si la humanidad entera nos hemos convertido de repente en personajes de una obra literaria de ciencia-ficción. O acaso si esto no es una pesadilla, un mal sueño. Y es que, efectivamente, la literatura se ha ocupado con frecuencia a lo largo de su historia de estas ideas.
He aquí varios oníricos ejemplos.

Quizá uno de los textos más conocidos del filósofo taoísta Chuang-tzu (siglo IV a.C.) sea el del sueño de la mariposa:

Chuang-tzu soñó que era una mariposa, y al despertar ignoraba si era Chuang-tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa que estaba soñando que era Chuang-tzu.

¿No nos estará ocurriendo como a Chuang-tzu?



Abundan las referencias literarias que plantean dudas entre la realidad del sueño y la de la vigilia; si la vida es un sueño, si somos sueños soñados dentro de nuestro propio sueño como ocurre en A través del espejo y lo que Alicia encontró allí de Lewis Carroll.
En un pasaje de esta obra, Tweedledee le dice a Alicia que a su vez está soñando sus aventuras, que ella no es real, que tan solo es el sueño del Rey Rojo que ronca escandalosamente ante ellos al pie de un árbol. Y si el rey se despierta, Alicia se apagará como una vela.

Está soñandole advierte el personaje, si dejara de soñar, ¿dónde crees que estarías tú?


La mitología griega nos presenta a Endimión, cuyo nombre significa el que está dentro. Endimión era un hermoso pastor que soñaba eternamente dormido y eternamente joven dentro de una cueva. Selene (la luna) se enamoró de él. Hipnos (el sueño), hijo de la noche y hermano gemelo de la muerte, le regaló a Endimión el don de dormir con los ojos abiertos para que pudiese mirar constantemente los de su amada Selene, con quien tuvo cincuenta hijas. Asimismo, Hipnos le regaló sus alas otorgándole a Endimión la facultad de volar por el espacio y el tiempo.

¿Nos estará soñando Endimión?


Descubro, además, en el blog Linternas y bosques del mexicano Adolfo Córdova, todo un regalo que le agradezco enormemente a Adolfo. Se trata de El ciervo escondido, un cuento de Lieh-tzu, escritor chino, contemporáneo de Chuang-tzu.

Un leñador de la provincia de Chêng se hallaba en el bosque, recogiendo leña, cuando se encontró con un ciervo extraviado. Se apresuró a seguirlo hasta que consiguió matarlo y mucho se alegró por su buena suerte. Sin embargo, tuvo miedo de que otros lo descubrieran, así que lo enterró en una zanja seca y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el lugar donde lo había ocultado y se convenció de que todo aquello había sido sólo un sueño. Y así fue contándolo a las personas con las que se topaba en su andar, como si hubiera sido un sueño.

Un hombre, que escuchó la historia, decidió ir a buscar al ciervo y lo encontró, cubierto con hojas y ramas, en la zanja seca. Al llegar a su casa, con el ciervo, dijo a su mujer:
—Un leñador soñó que había matado un ciervo, pero no podía recordar el sitio exacto donde lo había escondido y yo lo he encontrado, por lo que me parece que su sueño era un sueño verdadero.
—Al contrario —dijo su esposa—. Debes ser tú quien soñó que conoció a un leñador que había matado a un ciervo. Aquí está el ciervo, cierto, pero ¿dónde está el leñador? Es evidente que es tu sueño el que se ha hecho realidad.
—Ciertamente he matado a un ciervo —replicó su marido—. Entonces, ¿qué importa si fue el sueño de otro o el mío?

Mientras tanto, el leñador llegó a su casa. No se lamentaba de haber perdido al ciervo, pues seguía convencido de que lo había soñado todo. Pero esa misma noche realmente soñó con el lugar donde lo había escondido y el hombre que lo había encontrado. Por lo tanto, a la mañana siguiente, fue a la casa del hombre a reclamar su ciervo.
Una pelea se produjo y el asunto hubo de ser llevado ante un juez, quien se pronunció en estos términos:

—Tú —le dijo al leñador— empezaste por matar a un ciervo, pero creíste, por error, que había sido sólo un sueño. Después soñaste que habías matado a un ciervo, pero creíste, por error, que era verdad.
Este otro hombre encontró al ciervo, realmente, y ahora te lo disputa. Por otro lado, su mujer dice que él soñó al ciervo y al hombre que lo había matado. Así que nadie puede decir quién mató al ciervo. Pero aquí tenemos al ciervo. Lo mejor es que se lo repartan.

El caso llegó a oídos del rey de la provincia de Chêng, quien dijo:
—¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?
Esa nueva pregunta llegó a los oídos del primer ministro, quien se confesó incapaz de distinguir qué parte era sueño y qué parte no.
—Si quieren distinguir entre estar despierto o estar soñando —dijo—, sólo el Emperador Amarillo o Confucio pueden ayudarlos. ¡Pero estos dos sabios están muertos!, así que ya no hay nadie vivo que sepa distinguir entre sueño y realidad.



Si estamos siendo soñados por alguien, ojalá que el durmiente sepa rematar favorablemente su sueño antes de despertarse, que no lo vaya a hacer dejándonos tirados en mitad de este desastre o provocando que nos apaguemos todos como una vela o remitiéndonos a Confucio o...

¿Qué opináis, colegas oníricos?...

¿Seguro?...

¿Cómo sabéis que no lo estáis soñando?