11/3/21

LEER EL MUNDO EN TIEMPOS DIFÍCILES


Entre las páginas de “Leer el mundo”, su autora, Michèle Petit, refiere un fragmento del relato titulado “La flor de Acapulco” escrito por la psicoanalista argentina Silvia Bleichmar. En él cuenta su desembarco en México donde había debido exiliarse con su marido, hijos y perro en tiempos de la dictadura militar.

Bleichmar describe la escena de desamparo a su llegada al exilio cual parias absolutos perdidos en el espacio. Desolada, comienza a desarmar el equipaje y, entre los vestidos, pantalones, faldas… de la familia, de un bolsillo de la maleta emerge de pronto algo insospechado: una flor de organza de color celeste.
Su marido le pregunta qué es ese extraño objeto inesperado. Ella responde: Es por si algún día íbamos a Acapulco… quería tener algo bonito que ponerme. Acto seguido ambos se abrazan llorando por la situación y por el dolor que la rosa de organza intentaba encubrir, tiñendo de optimismo y placer un futuro que solo se presentaba como pérdida.
Un año después, no obstante, la pareja, elegantemente vestida, logra disfrutar de una deliciosa velada junto al mar en Acapulco. Ella, por supuesto, luce su flor de organza celeste.
El fragmento del relato termina así:

Mis hijos, ya adultos, siguen llamando “la flor de Acapulco” a todo proyecto que, aun pareciendo inviable, permite sostener el optimismo ante la adversidad.

Por su parte, Michèle Petit se ve tentada, además, de ver en la flor de Acapulco una dimensión tan esencial como inútil que debería añadirse a la vida de cada día para que el mundo sea verdaderamente habitable.

Hace ya un año que el mundo está sometido a tiempos difíciles en los que abundan las crecientes limitaciones, sufrimientos, pérdidas e incertidumbre. Diríase que andamos también un tanto perdidos en el espacio, exiliados in situ. Pero, como también advierte Petit, son precisamente las cosas que no vienen regidas por la obligación y la utilidad inmediata las que, en gran medida, nos hacen el mundo más habitable.
Son esas insospechadas “flores de Acapulco” las que pueden sostenernos. Las sutiles flores de organdí aparentemente inútiles e inesperadas -ya sean materiales o inmateriales-, hacen en estos tiempos que los días cobren una identidad, nos contengan y se hagan más habitables. Entre otras, una de esas flores es, sin duda, la lectura. Leer cuento, ensayo, novela, poesía… y leer el mundo. Porque, como señala Michèle Petit:

Para que el espacio sea representable y habitable, para que podamos inscribirnos en él, debe contar historias, tener un espesor simbólico, imaginario, legendario. Sin relatos –aunque no sea más que una mitología familiar, algunos recuerdos-,  el mundo permanecería allí, indiferenciado; no nos sería de ninguna ayuda para habitar los lugares en los que vivimos y construir nuestra morada interior.

14/1/21

MAUDE LEWIS Y LA FIGURA DEL "IDIOTA"
















El hallazgo de la canadiense Maude Lewis me remite una vez más a la figura del entrañable “idiota”. Retomo, pues, la publicación de El Idiota (Pre-Textos, 2019), un texto de María Zambrano seguido de breves ensayos de varios autores y al que contribuí con una mínima aportación: el ejemplo de Petit Pierre (que también traté en este blog y se puede ver aquí).

Según algunos de estos autores, ¿de qué hablamos cuando hablamos del idiota?

Esperanza López Parada escribe:

El término “idiota”, al que los romanos dieron el significado que nosotros compartimos, entre los griegos significaba lo propio, lo de uno, lo individual, lo no común, general o compartido. En cuanto tal, en cuanto productor de actos raros, abandonados, imposibles de incorporar a un engranaje de rentabilidad y sistema, el idiota es el mayor generador de realidad, el que más “efectos de lo real” desencadena en ese vivir suyo a su modo, peculiar, abandonado, autárquico, independiente e intransferible.

Clément Rosset, sobre la base de su etimología (idios, “propio” en griego), mesuró que era una característica inherente a todas las personas y particular de ellas, es decir, singular y no universal.

Como apunta Jose Luis Pardo, Idiôtès, idiota, significa simple, particular y único.

Chantal Maillard añade: Simple es aquel que no tiene doblez.

E Ignacio Castro Rey: …hoy es idiota –rozando la locura- quien es sencillamente coherente. Quien no sabe desdoblarse.

Del idiota dice María Zambrano que no se diría que percibe, sino que sabe. (…) Un remoto saber, sumergido en el silencio, como con todo saber sucede.

Maude Lewis (1903-1970) fue una pintora canadiense de la provincia de Nueva Escocia. Sufrió desde muy joven una artritis reumatoide que fue lentamente deformando su cuerpo, lo que provocó que en la adolescencia abandonara el colegio debido a las burlas que sufría por parte de sus compañeros (tal como le ocurrió a Petit Pierre). Maude vivía con sus padres hasta que ambos fallecieron en un lapso de dos años. Se quedó sola con su hermano que, poco después la envió a vivir con una tía mientras él dilapidaba la herencia familiar.

Por influencia de su madre, Maude se había introducido en la pintura dibujando con ella tarjetas de Navidad. Nunca abandonó esta actividad, dibujaba en los soportes que se le ponían a mano flores, pájaros, gatos, ciervos, mariposas y otros elementos o escenas de la naturaleza circundante.

Sin casa ni medios propios, vivir custodiada por su tía resultaba un incordio para ambas, de modo que Maude se debatía por conquistar cierta autonomía. Un día conoció a Everett Lewis, un cuarentón taciturno y solitario vendedor de pescado que vivía en una apartada casita de una sola habitación. Se puso a su servicio como mujer de limpieza con residencia incluida y, poco después, terminó casándose con él.








 Entre pucheros y escobas, Maude encontró unos restos de pintura y algo de tiempo para continuar pintando sobre los soportes que el habitáculo le ofrecía: paredes, puertas, ventanas estufa, cartones, tablas… y, por supuesto, las acostumbradas postales navideñas que acabó ofreciendo por 25 centavos a los clientes de su marido. Con ellas, el éxito obtenido fue tal, que comenzó a vender obras de mayor tamaño. Pronto una afluencia de curiosos se empezó a concentrar alrededor de la pequeña cabaña para conocer la obra de Maude y comprar sus pinturas. Estas pasaron a venderse, del puñadito de centavos inicial, a unos 7 ó 10 dólares.
















Everett apoyaba a su mujer y la animaba a seguir pintando. La casita se convirtió en el centro de atención del lugar y su breve fachada frontal, en peculiar galería de arte donde se exponía y vendía la obra.  

La tímida y singular pareja nunca se mudó de su pequeña cabaña aislada; desde allí, disfrutaron de compartir con sus visitantes los sencillos placeres que proporcionaban aquellas pinturas naïf luminosas y brillantes que tantas personas celebraban con ellos.



Maude murió de una neumonía en 1970 sin poder cumplir con muchos de los encargos que recibió en los últimos años de su vida. En 1979 Everett cayó víctima de un disparo de bala durante un intento de robo en su casa. Posteriormente, algunas pinturas de Maude comenzaron a cotizarse en subastas por valor de miles de dólares.

Actualmente la cabaña de la pareja se encuentra expuesta en la Art Gallery of Nova Scotia. En su lugar original se levantó una réplica de acero.

La película “Maudie, el color de la vida” (2016), dirigida por Aisling Walsh, recrea la historia de Maude, historia simple, es decir, sin dobleces; que, con una sencillez poética, roza lo inefable de la idiocia.

En su ensayo sobre El Idiota Jose Luis Pardo apunta:

Haría falta un procedimiento –un arte- capaz de dejar las cosas tal y como son, en su radiante idiotez, un arte capaz de respetar su intimidad sin añadir nada, capaz de pintar la idiotez misma en que consiste ser alguien, totalmente exenta de bondad o maldad, de belleza o de fealdad, perfectamente inocente y simple. Ahora bien, ¿no consiste el arte precisamente en eso?

5/1/21

LA PRECIADA CARTA DE ENRIQUE A LOS NIÑOS


Recibo la triste noticia de la muerte en México de Enrique de Rivas. Inevitablemente, cuando una persona entrañable se va, tendemos a rememorar momentos compartidos: fiestas, cenas, conversaciones… y, en este caso, una impagable y extensa carta de cinco folios. Otra de las que tuvimos la enorme satisfacción de recibir con entusiasmo en una escuela rural de la provincia de Valencia en respuesta a la que los niños le enviaron a Enrique (como, asimismo, ocurrió, entre otras, con la de Antonio Cabrera que se puede leer en este blog aquí).

Esta fue la primera información que los niños tuvieron sobre Enrique:

Enrique de Rivas

Nació en Madrid en 1.931, pero en la Guerra Civil Española tuvo que huir con su familia por diversos países hasta llegar a México. Estudió en México, Puerto Rico y Estados Unidos. Actualmente vive casi siempre entre Roma y México. Es escritor y, a veces, también pinta.

Es sobrino de Manuel Azaña, el que fue Presidente de la Segunda República Española hasta que se declaró la Guerra Civil. Azaña fue también periodista y escritor.

El padre de Enrique fue el dramaturgo Cipriano de Rivas Cheríf, que trabajó en el teatro, entre muchos otros, con Federico García Lorca.

Enrique es como un príncipe encantado y tiene un castillo en Valladolid.

Paula, Jovi y Sergio eligieron a este corresponsal dispuestos a indagar sobre “ESTE Y OTROS MUNDOS”: este, el que les es familiar, próximo o cotidiano y otros, a veces sorpresivos, a veces inimaginables y siempre nutritivos.

La respuesta –manuscrita-, de Enrique no se hizo esperar, de hecho fue de las primeras que recibimos.

In memoriam, allá donde esté de nuevo viajando ahora, transcribo aquí buena parte de su misiva:

Roma, 5 de abril de 2005

Queridos amiguitos Paula, Jovi y Sergio:

¡Qué sorpresa recibir vuestra carta! Me ha dado mucho gusto y contento. Paso en seguida a contestar vuestras preguntas. La primera es por qué tuve que abandonar España. Pues bien, pasó que cuando yo tenía de cinco a ocho años, el cielo se cubrió de nubes negras y empezaron a caer unas cosas que explotaban y hacían mucho daño. Se llamaban bombas. De lejos se oían también como estallidos que eran los cañones que lanzaban obuses. Todo el mundo parecía muy enfadado o de muy mal humor. Eso se llamaba la guerra. Todo era muy complicado, y hasta jugar en la calle era peligroso. Yo tenía dos hermanos. Un día nos llevaron a Ginebra, en Suiza, a un colegio en medio de un parque muy bonito. Había también un lago. Mis amigos eran chinos y suizos. Luego nació una hermanita. Como no entendíamos lo que decía porque era un bebé, pensamos que hablaba chino. Pero nuestros amiguitos chinos nos dijeron que tampoco hablaba chino. ¿Qué tontos éramos, verdad? Luego nos fuimos a Francia, primero a un campo muy bonito en las faldas de una montaña. Teníamos un perro llamado “Dick” al que queríamos mucho. Y nos divertíamos con otros amiguitos, que eran hijos del guardián del paso a nivel del tren. También íbamos al matadero porque nos fascinaba ver a los animales, ovejas, cabras, vacas.

Después fuimos, también en Francia, a la costa del Atlántico. Ahí teníamos la playa y el mar, que estaban muy cerca de nuestra casa. Y para entonces hablaba yo (y mis hermanos) muy bien francés. Íbamos a la escuela pública. En aquella época, en la escuela pública francesa castigaban mucho.

…donde nos embarcamos. Fuimos luego a Orán, en Argelia, y Casablanca, en Marruecos. De ahí cruzamos el Atlántico. Tardamos un mes en llegar a la isla de La Martinica, en el trópico. El barco estaba lleno de gente. Comíamos galletas sin sal e hígado. Pero como mi mamá tenía provisión de latas de leche condensada para mi hermanita que tenía solo cuatro años, a escondidas le sustraíamos latas de leche. Pero también nos distraíamos jugando y hablando con los marineros.

En La Martinica estuvimos un mes. Había un gran volcán llamado “El monte pelado” que fue famoso porque hace un siglo eruptó y destruyó la pequeña ciudad de San Pedro. Vimos la lava que había quedado y un museo muy interesante.

Luego ya nos fuimos a otra isla, Sto Domingo; y de ahí a Nueva York: los rascacielos altísimos nos encantaban. (…)

(…) Luego ya fuimos a México. Llegamos a Veracruz, que era muy alegre. Pero llovía mucho porque en verano en el trópico caen grandes chaparrones. Luego fuimos a la Ciudad de México que está muy alta en la montaña… Allí empezamos una nueva vida, con muchos amigos españoles como nosotros y otros amigos mexicanos.

Me preguntáis cómo empecé a escribir. Pues fue así: mi mamá, cuando yo tenía vuestra edad, me dio la idea de que escribiera un diario, es decir, que pusiera por escrito todo lo que yo había hecho durante el día. Yo escribía en francés, porque nunca había ido al colegio en español. Pero me gustaba más pintar acuarelas. Luego, en el colegio empecé a escribir poesías cuando tenía 12 años, y eso se hizo costumbre. (…) Publiqué mi primer libro a los 18 años, se llamaba Primeros poemas.                                                                                  

Más tarde estudié en la Universidad de Puerto Rico y en California (…) Aprendí inglés y otras cosas. También sabía italiano, que aprendí en México. Algo aprendí de alemán, pero casi me he olvidado. Es muy bueno aprender idiomas cuando se tiene menos de quince años, porque así no se olvida. También aprendí algo de árabe, pero mucho más tarde, y lo sigo aprendiendo, aunque creo que lo que conviene hoy es aprender chino.

Me preguntáis que si os recomiendo un sitio donde vivir de los que conozco. Yo recuerdo una ciudad con grandes avenidas de árboles, unas plazas con iglesias muy bonitas, y sobre todo, por toda la ciudad pasa como una gran cintura verde, como un parque que no acaba nunca. Hace muchos años por ahí pasaba un río llamado Turia. La ciudad se llama… ¡Valencia! (…)

(…) Lo importante de los viajes es tener siempre un lugar agradable a donde volver, y no hay mejor lugar donde volver que aquel en el que uno tiene los pies firmes sobre la tierra.

(…)

Os envío a cada uno un afectuoso saludo.

Vuestro amigo

Enrique de Rivas


Enrique fue uno de los pocos corresponsales en este proyecto que tuvieron la iniciativa de invitar a los niños a seguir escribiéndole; lo hizo primero desde Roma, les envió también su dirección de México, les hizo llegar tarjetas postales y recuerdos de Italia y México. Sus pequeños amigos estaban entusiasmados, los grandes también.

Buen viaje, Enrique.

 

14/10/20

CENTENARIO DEL MAESTRO RODARI



Recién estrenada la década de los 80 del siglo pasado, un libro me asaltó desde un estante casi a ras de suelo de la librería Vara de Rey de Ibiza. Fue una epifanía. Se titulaba Gramática de la Fantasía. Desde esos mis primeros años de práctica docente Gianni Rodari se convirtió en un referente que, de forma directa o indirecta, permanecería siempre latente y señalándome nuevos senderos a explorar; porque todos los caminos (creativos) conducen al Maestro Rodari.


Todavía conservo aquel ejemplar totalmente descuajeringado por el uso, una especie de baraja de hojas sueltas con anotaciones y subrayados. Después vendrían las lecturas y usos compartidos de sus múltiples publicaciones destinadas a la infancia. A estas se irían sumando sus canciones, sus talleres, su relación con el Movimento di Coperazione Educativa (MCE), con Reggio Emilia y la galería de interesantes miembros del grupo que impulsó las escuelas de esa ciudad italiana en la posguerra: Loris Malaguzzi, Mario Lodi, Ada Gobetti, Bruno Ciari o el propio Rodari. La relación de este con figuras como Francesco Tonucci, Franco Passatore, Bruno Munari… 


En definitiva: Rodari como "piedra en el estanque" que provoca múltiples ondas concéntricas, que pone en movimiento creaciones y creadores girando en torno al juego, los aprendizajes y la infancia. 

El 23 de octubre de este extraño año 2020 se celebra el centenario del nacimiento de Rodari. Visto el acontecimiento en perspectiva ya desde el año pasado, sin duda, este era el curso por excelencia para celebrar su figura y su legado, especialmente entre maestros como él, en centros educativos y en otros tantos contextos que brindan la posibilidad de ofrecer charlas, juegos, talleres y proyectos. Una invitación idónea a la colaboración creadora, el fomento de la lectura, la narración escrita y oral (incluso por teléfono), el teatro, y el descubrimiento e investigación en torno a la figura de Rodari y su contexto personal, social e histórico. 

Lamentablemente, apenas comenzado este año 20, la insólita adversidad de la pandemia puso el mundo patas arriba limitando mucho nuestras perspectivas y libertades. No obstante, dentro de las limitaciones y en homenaje a Rodari, recurriendo a la cita que él mismo hace de las palabras de Novalis, siempre nos quedará la “Fantástica”: 

Si tuviéramos una Fantástica como hay una Lógica se habría descubierto el arte de inventar. 

¿Y qué mejor situación esta para recurrir a la Fantástica? Ya imagino al centenario Rodari, allá donde esté, jugando al prefijo arbitrario con el “pan” de “pandemia”. Por ejemplo con un titular periodístico: 

EL DICCIONARIO GRAVEMENTE AFECTADO POR UNA PANZETA 

Todaz laz palabraz zufren invazionez de zetaz zalvo algunaz azintomáticaz que… 

O jugando con binomios fantásticos como “paraguas–coronavirus” o “garbanzos–confinamiento”… 
O haciendo viajar con unos versos a Juanito Pierdedías: 

Juanito Pierdedías 
buscando una vacuna, 
a lomos de una vaca, 
voló hasta una laguna. 
(…) 

O dejando caer sobre nuestro maltrecho planeta “bombas de fantasía” en forma de maravillosos virus de beneficios pandémicos. 
Y ya puestos, ante la incertidumbre en que vivimos, plantear la hipótesis fantástica del “¿y qué ocurrió después?” o ¿qué pasaría si…?, dando a las historias diferentes finales alternativos. 


Antes de sospechar la inimaginable aparición del coronavirus, junto con una maestra con la que suelo colaborar, andaba urdiendo un proyecto que ya había comenzado a ponerse en marcha y quedó interrumpido por el estado de alarma. Partíamos del binomio doblemente fantástico compuesto por dos cumpleañeros: Gianni Rodari y el Barón de Münchhausen (del que este año se celebra el 400 aniversario de su nacimiento). 


Se barajaba, incluso, la posibilidad de convocar a una tercera invitada especial: Pippi Calzaslargas, personaje -como los miembros del binomio-, capaz de inventarse las más fantásticas y divertidas aventuras, juegos, ingenios, historias y trolas. 
Rescataremos con paciencia lo que el virus con corona buenamente nos permita durante su reinado. No obstante, recuerdo que desde el 23 de octubre de 2020 hasta el 22 de octubre de 2021, el centenario seguirá siendo el centenario y, por consiguiente, cualquiera de todos esos días se pueden seguir celebrando los cien años de Gianni Rodari. Además, por supuesto, siempre estarán los múltiples días de no-cumpleaños. 


Jugando con Rodari en algunas entradas de este blog:                     


28/5/20

HAYAO MIYAZAKI: EL MAESTRO DEL ANIME



En la primera década de este siglo, Susana Benet, escritora y acuarelista especializada en el cultivo del haiku occidental, me presentó a Raúl Fortes; docente de lengua y cultura japonesas en la Universidad de Valencia, licenciado en Comunicación Audiovisual, Doctor en Historia del Arte, admirador y estudioso de la obra de Hayao Miyazaki y buen conocedor de la cultura nipona.

Raúl había publicado un excelente análisis de la película de Miyazaki El viaje de Chihiro (película que me despertó en su momento mucho interés, como otras del autor). Un libro -de cuya lectura disfruté enormemente-, en el que el Fortes desentraña mil y un vericuetos simbólicos de este cuento cinematográfico, acercando al espectador occidental a la comprensión de numerosos datos solo comprensibles desde la cultura oriental y el sintoísmo.


Entre otras investigaciones y artículos sobre el autor nipón, Fortes publicó en 2019 un completo y denso ensayo que acabo de leer titulado Hayao Miyazaki (Akal). Genial para este estado de confinamiento en el que he podido revisitar muchas de las películas del autor japonés.


A cualquier persona interesada en este asunto, lo primero que le sugeriría es que destierre ese prejuicio tan nuestro de concebir sistemáticamente el cine de animación como producto exclusivo (y en buena medida subvalorado) para la infancia.

Miyazaki declara:
“El cine ha de tener una función catártica (…) Odio las películas de Disney porque uno sale de ellas con la misma estrechez de miras con la que entró a verlas. En mi opinión, estos films no hacen sino menospreciar al público.
Hacer una auténtica película para niños supone un reto titánico, debido a la necesidad de mostrar claramente la esencia de un mundo en extremo complejo. De ahí que un filme dirigido, de verdad, a ellos, guste también a los adultos. (…) Me opongo a presentarles las cosas de forma simplificada. El quid de la cuestión es que los niños saben, intuyen de algún modo y comprenden a la perfección la complejidad y la angustia del mundo en el que vivimos, así que sugiero que no se les subestime.”

La animación es una forma de hacer cine que, en el caso de Miyazaki, entre otros, si bien contempla en primera línea a la infancia, se dirige a espectadores de cualquier edad dispuestos a desentrañar algo más que “dibujitos”.  


Hayao Miyazaki, dibujante, animador, escritor, realizador, guionista, director de cine y co-fundador de Studio Ghibli, tiene una magistral forma de desarrollar su obra de anime. En ella hay constantes que se convierten en sello indiscutible de sus películas. Me limito a resumir aquí lo que considero más destacable de cuanto Raúl Fortes analiza extensa y meticulosamente en su último ensayo:

- Como en los cuentos de hadas y fábulas tradicionales, lo sobrenatural, lo onírico, lo maravilloso, está integrado en lo cotidiano y, por extraordinario que resulte, forma parte de lo ordinario. Lo fantástico tiene la misma entidad verdadera que eso que llamamos realidad; es la otra cara de la moneda.
Curiosamente, Miyasaki inició el proyecto de llevar al cine la famosa tira cómica de Winsor McCay "Little Nemo en el país de los sueños", y lo abandonó porque le pareció muy simplista que toda la historia fuese al final un simple sueño, pues sueño y vigilia forman parte de una misma realidad.

- El viaje iniciático de los protagonistas. Este suele terminar, no con un concluyente final feliz, sino en el punto en el que el personaje protagonista supera “temporalmente” la adversidad. Después… son múltiples los acontecimientos que podrían suceder.

- La orfandad. Como en los cuentos, muchos de los protagonistas miyazakianos son huérfanos o con padres ausentes. Y es que la orfandad, ya sea literal o simbólica, es el perfecto punto de partida para un viaje iniciático hacia el crecimiento y la madurez. No obstante, tal y como señala Fortes, el respeto a las normas de los padres o las generaciones precedentes, se contempla celosamente en Japón, por lo que la opción de Miyazaki lleva implícito un acto de subversión, máxime, por ejemplo, en el caso de Chihiro, cuyos padres, convertidos en cerdos, no ejercen como tales.



- El frecuente protagonismo de personajes femeninos. Con ello, Miyazaki no cae en el maniqueísmo facilón de presentar a sus heroínas como negación o –peor aún-, suplantación de lo masculino, sino como integración complementaria de lo femenino y lo masculino, al igual que el símbolo oriental del yin y el yang.

- La fusión armónica entre oriente y occidente con abundantes creaciones, adaptaciones y recreaciones a partir de los más diversos referentes: literarios, mitológicos, cinematográficos, arquitectónicos, geográficos, históricos, mecánicos y tecnológicos, de indumentaria, de tradiciones culturales… Retazos de aquí y de allá armónicamente entretejidos.

- Surcar los cielos: el aire, el viento, el vuelo, la aviación, las aves Son una constante en la filmografía de este autor como símbolo de superación, de aventura, crecimiento, libertad y esperanza.
Conviene recordar que el padre y el tío de Miyazaki se dedicaban a la fabricación de piezas para aviones de combate japoneses; lo que imprimió cierta marca en su vida y su obra. No es pues de extrañar que sienta interés por figuras como Antoine de Saint Exupèry o Roald Dahl, ambos aviadores además de escritores.








- El antibelicismo y la armonía entre el ser humano y la naturaleza. La filmografía de Miyazaki está sembrada de artefactos mecánicos y actitudes bélicas generadoras de destrucción y desastres humanos y medioambientales. Es evidente que su autor no se opone a la tecnología, pero advierte una y otra vez de los peligros de su uso indiscriminado. Paralelamente, insiste en el respeto y preservación de la naturaleza -de forma más implícita que explícita-, a través de sus dibujos. La animación de sus escenarios naturales es, en sí misma, un alegato en defensa de la belleza y la necesaria conservación de la naturaleza.  

Y, por último, el aspecto que, sin duda, me parece más revelador e interesante puesto que envuelve e integra en un todo el conjunto de las claves de la filmografía de este autor:

- El budismo y el sintoísmoSegún cita Fortes, el budismo predica que “todos estamos interconectados y somos interdependientes. En el nivel más profundo, todos somos uno.” Lo que evidencia la imposibilidad de vivir apartados del mundo que nos rodea, así como la imposibilidad de separar lo maravilloso de lo cotidiano, lo masculino de lo femenino, lo vivo de lo inerte, la fortuna de la adversidad, lo divino de lo humano, la bondad de la maldad… De ahí que la obra de Miyazaki se desarrolle siempre desde un enfoque múltiple que no admite simples dualidades contrapuestas, pues todo entra en un único engranaje vital, todo tiene su función y nada es inútil.
No es casual que Miyazaki trate con tanto mimo y cuidado el diseño de los escenarios, no los concibe como meros espacios en los que situar a los protagonistas humanos, tienen la misma importancia que los personajes, pues todo está condicionado por todo. Los engañosos dualismos confrontados no tienen cabida más que en la mente de las personas.
Así pues, las películas de este cineasta, impiden al espectador llegar a una verdad única, cómoda, simplista y concluyente, por ejemplo, sobre los buenos y los malos. Comprender al enemigo significa comprender en qué nos parecemos a él. Miyazaki apuesta antes por la aceptación y conciliación que por la venganza. Todo tiene sus luces y sus sombras, como el complejo mundo en el que vivimos.
Hay una enseñanza básica del budismo –señala Fortes-, según la cual, cuanto más alejados del mundo nos sintamos, mayor será nuestro engaño y, por consiguiente, el sufrimiento derivado de este. Por el contrario, ser conscientes de los lazos que nos unen a él y vivir conforme a ello, permitirá que nuestra existencia discurra de manera natural, lo que nos hará más felices.























Miyazaki defiende que "Las ideas vienen de lo inesperado. Las tramas lógicas sacrifican la creatividad. A mí me interesa romper las convenciones. Los niños lo entienden, ellos no funcionan con la lógica".

Para muestra, este excelente cortometraje de 2010 titulado



Habría sido, cuando menos, deseable, que hubiese salido adelante el intento, en los pasados años 70, de crear una película basada en el libro "Pippi Calzaslargas" de la autora sueca Astrid Lindgren. Desgraciadamente no fue posible llegar a un acuerdo sobre los derechos de adaptación. Miyazaki elaboró algunos bocetos.

Ya son varias las ocasiones en que Hayao Miyazaki (Tokio, 1941) ha anunciado su retiro, la última en 2013 tras el estreno de su último film "El viento se levanta". Sin embargo, una vez más, ha sido incapaz de vivir sin hacer cine; para 2020-2021 se espera el estreno de un nuevo largometraje titulado "¿Cómo vives?".

Para más información sobre el autor y su trabajo: el documental de cuatro capítulos “10 años con Hayao Miyazaki” (enlace aquí).

22/4/20

ME PREGUNTO,… PREGUNTO


Fotografía de Rubén Vicente (Albarracín 2017)


Durante décadas me vengo planteando si el concepto de educación en su más amplio sentido (escolar, social, familiar), no necesitaría abandonar esa inercia de constante huída hacia adelante basada en parámetros anacrónicos y ortopédicos.
Una inercia que da poco pie a la reflexión, análisis y replanteamientos sobre las necesidades de la infancia hoy y que se autocomplace con frecuencia con la aplicación de fórmulas superficiales de moda y de apariencia innovadora pero, eso sí, sin dejar de correr, en ocasiones por varias pistas en paralelo que se contradicen entre sí.
En su mayoría, estas aplicaciones suelen dar como resultado los mismos perros con distintos collares.
En primer lugar porque, incluso desconociéndolo, presentan de forma superficial, como ingenios recién descubiertos, paradigmas que ya se planteaban hace siglos, aunque nunca se les permitió arraigar en la Escuela Pública.
En segundo lugar porque tienden a cambiar el escaparate de la punta del iceberg manteniendo en la gran masa oculta los mismos mecanismos de homogeneización, competitividad, falta de creatividad, de escucha, de acción e iniciativas, de pensamiento crítico…

En definitiva, durante décadas me vengo planteando si el sistema educativo no necesitaría un frenazo desde el que dejar de correr sin pausa por pura inercia para poder repensarlo, cuidarlo y restaurarlo.
Y resulta que el frenazo nos ha sido impuesto de golpe y porrazo de la forma más insospechada: por la pandemia provocada por un bicho microscópico.
¿Y cómo hemos reaccionado? Intentando seguir corriendo contra viento y marea a través de pantallas. Es decir, ignorando todavía más y sin despeinarnos, el ineludible componente humano, humanístico, humanizador que exige cualquier educación que se precie.

No importa que el mundo se vaya a pique, nosotros, los adultos, a la nuestra: hay que imponer a niños y jóvenes que nadie pierda clase ni deje de ser evaluado. Así que:
Tareas y más tareas, rendimiento académico que justifique las exigencias de los currículos establecidos, examinar, evaluar, presionar en aras de que no se desajuste el sacrosanto sistema institucionalizado. Estresar al alumnado, a sus familias y al profesorado. Estrés, siempre estrés. Que no cese la inercia de la eterna carrera competitiva a contrarreloj.
Como comentaba en una vieja entrada de este blog, vivimos bajo el “síndrome del basilisco”. (enlace aquí)

Chema Madoz
Como acto de resistencia al despropósito de esta educación online, escolares y jóvenes estudiantes de diversos países gravemente afectados por el coronavirus (China, España) han aprendido algo nuevo, no a través de los ejercicios y exámenes que se les imponen, sino ingeniándoselas para sabotearlos mediante hackeos que bloquean el sistema o con el uso de aplicaciones que ofrecen las respuestas correctas de forma tan mecánica como la que ha guiado las preguntas. Estas reacciones nos ponen ante el espejo de lo que podría ocurrir en el caso de que ya se ande rumiando una futura educación virtual de esta índole.

Pero no es aisladamente la educación la que plantea interrogantes porque, claro, todo está conectado, nada funciona por compartimentos estancos e inconexos, aspecto al que, por cierto, parece seguir aferrándose el sistema educativo con sus inamovibles “asignaturas” y horarios de “zapping”.
En estos días, ante la escolarización “tecnologizada”, parece que preocupan también las desigualdades. Hay escolares que no tienen acceso a Internet, que no disponen de un ordenador. ¡No importa! Sigamos a ciegas con nuestra huída hacia adelante: se les proporcionarán tarjetas de acceso a Internet, tablets, portátiles, lo que haga falta, oiga.

¿Y si nos preguntamos por el coste (no solo económico) de este uso, abuso y dependencia de las tecnologías?

¿Cuántas miserias y vidas se cobra la industria tecnológica en los países pobres? ¿Qué hay de las minas de coltán? ¿Y de nuestra basura informática?
No olvidemos que la alarma ante la que nos encontramos afecta a todo el planeta. Así de interconectado está todo, y no solo para lo que nos interesa.

¿Qué consecuencias adictivas o deformantes tienen estas dependencias que se nos están imponiendo con la tecnología: educación, teletrabajo, ocio, información, desinformación, contactos socio-virtuales…?

¿Hasta qué punto estamos dispuestos a informatizarnos las vidas regalando nuestra privacidad al big data; ese ojo panóptico digital y globalizado al que le ofrecemos sin inmutarnos nuestra intimidad para su libre manejo y provecho en los mercados?

Todo es una cuestión de ECOLOGÍA que –recuerdo-, estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con el medio en el que viven.
Cuando se habla de ecología tendemos a pensar en el planeta, la flora, la fauna, el clima, el paisaje… al margen de la ecología humana; otra vez esos compartimentos estancos que NO existen.

¿Qué tal una educación que atienda a la ecología de la infancia y la juventud. A sus disposiciones naturales?

¿Nos planteamos de dónde ha salido este virus que ha paralizado a la población mundial? ¿No será porque nos creemos desvinculados del medio al que maltratamos y este nos lo ha recordado poniéndonos en nuestro sitio? ¿O acaso fue un experimento de laboratorio?

¿Seremos los seres humanos capaces de sacar algo constructivo de este frenazo global que nos ha acorralado?

¿Aprovecharemos el respiro que se ha cobrado el planeta para lanzarnos a machacarlo y contaminarlo escudándonos en la limosna que le hemos concedido?

¿Acabaremos sacrificando nuestras libertades a cualquier precio con tal de sobrevivir para seguir corriendo? ¿O, como los chavales, estaremos dispuestos a boicotear las ruedas de molino con las que no estamos dispuestos a comulgar?

¿Sabremos replantearnos cuáles son las necesidades de la naturaleza toda, incluida la de la especie humana que es tan naturaleza como las gambas o las violetas?

¿Nos atreveremos a parar de correr como basiliscos para osar mirarnos al espejo?

Por el momento, la mayoría de las reacciones parecen seguir la misma inercia de continuar corriendo a toda velocidad sobre la superficie del espejo con la cabeza bien alta.
Sin embargo, no es posible que algo tan trascendental como lo que nos está ocurriendo pase sin pena ni gloria como si nunca hubiese ocurrido. Todo acontecimiento –y más de este calado-, deja huellas. Ahora falta saber cuáles.

12/4/20

“ASÍ ES LA VIDA” Y LA PANDEMIA


Desde que hace ya un mes, vivimos confinados (desconociendo todavía hasta cuándo), el libro “Así es la vida” -de cuyas ilustraciones y texto somos, respectivamente, autoras mi hermana y yo-; parece que ha tomado un nuevo impulso un tanto especial.

El libro se publicó a finales de 2005 y va camino de conquistar su decimosegunda edición en castellano. Nunca fue especialmente promocionado ni publicitado, su difusión se debe, principalmente, a un misterioso “boca-oreja” de transmisión internacional.

El día 20 de marzo –con gran sorpresa por mi parte-, algunas de sus páginas cerraron un telediario de la primera cadena de TVE. La recomendación de su lectura venía impulsada por la situación que ciudadanos de toda edad y condición estamos viviendo ante la pandemia.
Desde ese momento, muchas personas se han puesto en contacto conmigo y he visto aparecer las más diversas reseñas, recomendaciones, vídeos… al respecto.

En la intención tanto mía como de mi hermana (que, desgraciadamente, ya no está entre nosotros) NUNCA estuvo ni está la de poner ningún tipo de “etiqueta” al libro. Me explico:

¿Para qué edad está recomendado? –Para quien disfrute de él. Sin límites de edad por arriba o por abajo.
¿Es un libro de literatura infantil? –Tal vez, pero quizá no solo infantil.
¡Ah!, es que como tiene “dibujitos” -¿¿??
Y después están todas esas etiquetas ortopédicamente prefabricadas de las que la pobre criatura no se ha podido librar: es para “trabajar los valores”, un libro de “autoayuda”, para la “educación emocional”, para gestionar la “tolerancia”, para “trabajar la frustración”, para “mejorar la capacidad de resiliencia”, para “explicar la muerte”, etc., etc. (términos que aparecen en las redes sociales).

Personalmente, así, en términos generales, no considero que ningún libro deba ser “para” nada que no sea el placer de leerlo, a menos que el lector, como tal e individualmente, le quiera atribuir su “para” particular.


Evidentemente, “Así es la vida” habla de la vida y, por tanto, es ineludible que hable también de la muerte. Entre la una y la otra experimentamos placeres, deseos, frustraciones, logros, pérdidas, ganancias, asombros, esfuerzos, entusiasmos, alegrías, adversidades… 
Seguro que en estos momentos tan insólitos e inesperados provocados por el tal coronavirus, muchas de estas vivencias están a flor de piel. Todas ellas son universales y comunes al ser humano, pero al mismo tiempo contienen millones de experiencias únicas, íntimas e individuales que, en el caso del libro, como ocurriría ante cualquier lectura, pertenecen a cada lector, independientemente de que las quiera comunicar o no.
Tras darle a conocer “Así es la vida”, un niño de 4 años, muy ensimismado, nos proporcionó una de las más estupendas conclusiones sin etiquetaje ni moralina ninguna:

“¡Qué largo es el camino de la vida
y cuántas cosas tiene para elegir!”

               Eso es todo.                


Ante la literatura denominada “infantil”, los adultos tenemos la horrible costumbre “didáctica” de adelantarnos (pura adivinación), a lo que el niño ha de interpretar, de explicárselo, desmenuzárselo, “trabajar” algo “para”, cargarlo de avisos, moralinas y supuestas enseñanzas; en lugar de dejarlo en paz con sus adentros o escucharlo, si es que tiene la necesidad de expresar algo al respecto en ese mismo momento o en otro.

Otro de los hábitos muy extendidos en lo que se refiere a libros destinados a niños es denominarlos, automáticamente a todos, “cuento”. No importa si se trata de libros informativos, poesía, relato gráfico… Si no tienen un excesivo número de páginas y además están ilustrados: ¡Cuentos! Sobreentendiendo, además, que, en ese caso, están exclusivamente dirigidos a la infancia.
“Así es la vida” tampoco escapa a la denominación de “cuento”. Y, sinceramente, a parte de “libro ilustrado” o “álbum ilustrado”, yo no sabría decir si pertenece a un género concreto. El cuento es un género literario en el que caben muchos matices posibles, pero a mí no me parece en este caso que se trate de un cuento. De hecho, siempre dije que “Así es la vida” es un NO-cuento que, como todos los cuentos maravillosos, avisa de que, a pesar de las adversidades, la vida vale la pena.

En cualquier caso, contar cuentos y no-cuentos, tiene lo que dice el trabalenguas, que:


Cuando cuentas cuentos
nunca sabes cuántos cuentas,
así que, cuando cuentes cuentos,
cuenta cuántos cuentos cuentas
y me dices cuántos cuentas.