20/9/21

POBRES CLÁSICOS DE LA LITERATURA PARA LA INFANCIA

 

Si los autores clásicos de la literatura levantaran la cabeza, seguramente se indignarían, es decir, se sentirían indignos de cierto trato como es, asimismo, indigna la consideración que frecuentemente se tiene de la infancia.

Ayer leía unas significativas palabras en una novela de la polaca Olga Tokarczuk:

“Siempre que se organiza algún acto infame, de los primeros de los que se echa mano es de los niños.”

Una vez más, el periódico El País ha lanzado una indigna colección de supuestos clásicos para la infancia (o para la infamia): "Mi Primera Biblioteca".

A saber: el primer ejemplar gratuito es un “Don Quijote de la Mancha” asignado a un tal Miguel de Cervantes (una coincidencia, pues no debe ser el mismo del Siglo de Oro). Consta de menos de 30 páginas con un simple y simplificado texto -traducido del italiano- y acompañado de estereotipadas ilustraciones. El final del libro reza así: "Colorín colorado / este cuento ha terminado. / Si te ataca un molino gigante / ¡llama al caballero andante!" (Sin comentarios).

Por el módico precio de 6’99 € el ejemplar, le sucederán títulos como un reducido “Alicia en el País de las Maravillas” -asignado a un tal Lewis Carrol-, “Peter Pan”, “Moby Dick”, “Pinocho”, “La Odisea” y más; todos ellos atribuidos a autores que escribieron unas obras originales muy alejadas de las desvirtuadas publicaciones de El País y de las que es difícil imaginar que consintieran asumir la autoría.

En el caso de “Alicia en el País de las Maravillas”, para más inri, ante el éxito de la compleja obra original, los propios lectores de la época, especialmente madres de niños pequeños, pidieron al autor una adaptación para ellos; propuesta que Carroll asumió dando lugar a un “Alicia para los pequeños” nada despreciable y con las correspondientes ilustraciones de Tenniel. ¿Es que no lo conocen? ¿O también les parece un plato demasiado empachoso para las pobres mentes infantiles?

De un tiempo a esta parte, parece haber un desmedido empeño en ofrecer a la infancia simplonas (salvo muy escasas, honrosas y bastante justificadas excepciones), adaptaciones de los llamados “clásicos”. Habiendo obras que suscitan en los niños tanto interés como, por ejemplo, “Donde viven los monstruos” de Maurice Sendak (1963, ¿"clásico"?), no logro entender que, cada vez con más frecuencia, se “imponga” a niños de 5 años un refrito de Quijote o una supuesta Odisea para “trabajar” en “tertulia dialógica”, entre otros inventos “innovadores”. ¡Hay tantas excelentes publicaciones donde elegir! ¿Por qué empeñarse en malversar antes de tiempo valiosas obras clasicas? ¿O es que se trata de pretender el espejismo de "¡Qué listo es mi niño, que ya ha leído La Odisea a los cinco años!"

Una criatura a la que se le haya hecho creer que conoce el Pinocho de un tal Collodi -que no escribió el gatoporliebre que le han ofrecido ni tampoco esa película que ha visto de la factoría Disney-, probablemente, nunca llegue a conocer ya la obra original ni saber quién la escribió. ¡Lástimosa y gratuita manipulación!   

He tenido experiencias con proyectos en torno a Peter Pan, Alicia o Pinocho en las que la mayor sorpresa y entusiasmo por parte de los participantes (incluidos adultos), ha sido descubrir por primera vez la existencia de las obras originales y sus autores, esas obras que creían ya archisabidas y que venían considerando simples historietas para "pequeñajos".

Mi pregunta para El País es: ¿No se ruborizarían ustedes si trataran la literatura para adultos con los mismos criterios con los que tratan la que destinan a la infancia?

18/8/21

EXPLOTAR POR VERGÜENZA EN AFGANISTÁN


Con la nueva toma de poder talibán en Afganistán, lamentablemente vuelven a saltar a la actualidad películas desgarradoras que muestran las realidades de niñas y mujeres bajo este régimen. A pesar de su extrema dureza (como la realidad misma), es un momento adecuado para visualizarlas y tomar conciencia de la situación.

Buda explotó por vergüenza (2007), es un drama franco-iraní que relata la historia de una niña afgana empeñada en su lucha por asistir a la escuela y recibir educación. Está magistralmente interpretada por actores no profesionales y dirigida por Hana Makmalbaf cuando contaba con solo 18 años de edad. Como largometraje, fue su ópera prima y recibió numerosos reconocimientos en diversos festivales de cine. 

Los Makmalbaf son una familia iraní (exiliada) cuyos miembros -padre, madre, dos hijas y un hijo-,  están todos dedicados al cine.


 

Anteriormente, el director iraní Mohsen Makmalbaf (padre de Hana), había financiado y colaborado en la producción de la película Osama, dirigida por Siddiq Barmak.

Fue la primera película enteramente rodada en Afganistán en 2003 desde que en 1996 el régimen talibán prohibiera las creaciones cinematográficas.

El film narra la historia real de una niña que, bajo el régimen talibán, se ve obligada a disfrazarse de niño con el fin de sobrevivir ella misma y el resto de su familia compuesta por miembros femeninos.

La piedra de la paciencia (2012) es una excelente película, brutal y estremecedora, dirigida por Atiq Rahimi.

 

En algún lugar del Afganistán en guerra, una mujer, madre de dos niñas pequeñas, alivia sus sufrimientos confesándole sus sueños, deseos y secretos a su marido inconsciente -herido de guerra y en estado de coma-, al que mantiene escondido en un armario.


Más conocida es la obra de Marjane Satrapi Persépolis. Primero como novela gráfica autobiográfica y, postriormente como película de animación, estrenada en España en 2007, y creada por la propia Satrapi en colaboración con Vincent Paronnaud.


Refleja las etapas que marcaron la vida de Marjan desde su niñez en Teherán durante la revolución islámica hasta su difícil entrada a la vida adulta en Europa.


 

29/7/21

EDUCACIÓN TÓXICA



“Educación tóxica. El imperio de las pantallas y la música dominante en niños y adolescentes”. Ese es el título completo de un libro de Jon E. Illescas publicado en 2019 por la editorial El Viejo Topo con ilustraciones de portada de Miguel Brieva.

Su lectura resulta tan demoledora como necesaria. Especialmente para toda figura con algún tipo de responsabilidad educativa trascendental. Y si -vistos los bajos y decrecientes índices de hábitos de lectura-, el lector no es capaz de lidiar con unas 350 páginas de ensayo, por favor, lea capítulos escogidos a pequeñas dosis, hojéelo, ojéelo. Quizá le atrape cuando comience a explicarse por qué (con todo cinismo, por cierto) podemos ver y escuchar casi a diario en los medios de comunicación alarmantes noticias sobre menores y jóvenes que matan a palizas a otros, que cometen agresiones sexuales o violaciones en grupo entre otras lindezas. Tal vez llegue incluso a deducir a qué puede deberse ese creciente ascenso internacional de las fuerzas políticas de extrema derecha.

El autor de esta obra -joven para el laureadísimo curriculum que acumula-, no solo cuenta con un par de licenciaturas, un doctorado cum laude y multitud de reconocimientos, sino que además es profesor de Secundaria y Bachillerato; es decir, que desarrolla su ensayo tanto desde la investigación, análisis, conclusiones y abrumadoras estadísticas, como desde la observación y el trato directo con adolescentes en el día a día de las aulas.

Tras una década de investigación –dicho sea de paso, documentadísima-, Illescas desarrolla este ensayo anunciando “cuatro tesis complementarias que dan sentido a su obra”:

1. Las pantallas “educan” más que padres y profesores.

2. El contenido de las mismas está lleno de toxicidad educativa para niños y adolescentes.

3. Más deseducación en forma de música e imágenes.

4. Control social de los peces gordos sobre los peces pequeños.

¿Y todo esto por qué? Porque se requiere “una población ignorante que con altiva estupidez huya del desarrollo cultural y el pensamiento crítico”.

Sí, demoledor para la infancia y la juventud, pero ¿acaso cree que usted, yo o su vecina de en frente nos libramos de ello? Pues NO, es más, solemos retroalimentarlo. Bajo la responsabilidad de los adultos, es ya muy difícil ver a algún menor que no utilice a diario y a su libre albedrío las pantallas durante horas y horas, incluso desde edades tempranísimas. Claro, que es igualmente difícil ver a alguna persona adulta que no las use o abuse de ellas.

He aquí algunos fragmentos tomados de “Educación tóxica”:

“Se estima que el 10% de los visitantes de las páginas porno son menores de 10 años y el 53’5% de los adolescentes españoles de 14 a 17 años se deleitan una y otra vez con las creaciones de la industria pornográfica online”.

“La educación sexual se la regalamos a la industria del porno”.

 

“¿Qué decir de la industria del libro y los jóvenes? … a partir de los 13/14 años es casi imposible conseguir que lean bajo el imperio de las Pantallas. (…) Los libros requieren tranquilidad, silencio, tiempo y reflexión. (…) El 63% de los adolescentes españoles pasa olímpicamente de los libros” [de lecturas por iniciativa propia].

Conviene aclarar que un alto porcentaje de la población adulta, incluidos docentes, tampoco son ejemplo a imitar.

“… por fornicar delante de las cámaras en una jornada pueden ganar exactamente lo mismo que un investigador/escritor tras siete años de duro trabajo.”

“La incultura está de moda”.

“La industria musical es la que más influye en la educación de la juventud mundial”.

“Actualmente están muy en boga dentro de la industria los llamados contratos de 360º, por los cuales la empresa se queda con un porcentaje de las ganancias que tenga el cantante en cualquier negocio de su carrera (ya no solo singles, álbumes o videoclips, sino conciertos, merchandissing, anuncios, participación en programas de TV, etc.) Esto conlleva un mayor control de cada aspecto de la imagen y el contenido de la obra del cantante por parte de la discográfica, es decir, un recorte en su libertad creativa a cambio de un compromiso de la empresa de invertir un capital mayor en la difusión de su obra y persona”.

¿Y se han preguntado ustedes quienes pueden ser esos y esas cantantes millonariamente difundidos? Pues todos los que usted conoce por fuerrza (incluidos ciertos “triunfitos”), aunque no le despierten el más mínimo interés, porque aparecen hasta en la sopa. Así es como se pone de moda la música que la gran industria musical decide que se ponga de moda y que millones de jóvenes y no tan jóvenes la sigan como borreguitos. Detrás de muchas de estas industrias está la sombra del mercado del narcotráfico y otras lindezas como la difusión de letras de canciones que versan sobre lo positivo de la violencia, el machismo, la xenofobia, la pornografía o el consumo de drogas. Rap, trap, regueton, pop… interpretado por supuestos “artistas” que cuentan con millones de seguidores en las redes, fundamentalmente niños, adolescentes y jóvenes.

 


Las citas y comentarios podrían ser interminables, de modo que concluiré con estas guindas no por más conocidas menos dignas de tener MUY en cuenta:

“La Waldorf School en Estados Unidos es una escuela privada donde la élite de programadores que trabajan para las principales empresas y redes sociales del mundo (desde Google, Facebook, Apple, etc.) lleva a sus hijos por el módico precio de unos 30.000 dólares al año. ¿La razón? Es un lugar donde están prohibidas todas las tecnologías que hacen ricos a sus padres: desde los móviles, a cualquier pantalla portátil. Y donde hasta los 14 años no hay ningún tipo de pantalla en las aulas.”

Chamath Palihapitiya, un ex vicepresidente de Facebook, declaraba:

“Estos bucles cortos de retroalimentación a base de dopamina que hemos creado están destruyendo el funcionamiento de nuestras sociedades. (…) Me siento tremendamente culpable, creo que en los recovecos más ocultos de nuestras cabezas sabíamos que podía pasar algo malo… Yo quiero ser dueño de mis decisiones y por eso no uso esa mierda y quiero ser dueño de las decisiones de mis hijos y por eso no les dejo usar esa mierda (sic)”.

“Esta élite empresarial y tecnológica es muy consciente de algo que no lo es tanto para el resto de la población: que las pantallas enganchan tanto como las drogas”.

Entre otras consecuencias posibles y comprobadas del mal uso de las pantallas, Illescas señala: atrofia del lóbulo frontal, anomalías en la materia blanca del cerebro (mielina), transtornos de humor, pérdida de sueño, daños oculares irreversibles, TDAH, depresión, dependencia de fármacos, tumores, obesidad…

Y en algún momento suspira el autor con agridulce sentido del humor: “En fin, tiempos duros para la poesía”.

Los contenidos audiovisuales que difunden machaconamente las redes son, con  frecuencia, contrarios a los Derechos Humanos. Y, por supuesto, contrarios a la construcción cultural y la convivencia respetuosa. Tomar conciencia de lo que supone la dictadura de las pantallas es el primer paso imprescindible para intentar eludir (nunca es tarde) sus consecuencias más negativas, especialmente entre la población infantil y juvenil. En ello tienen, también, una enorme responsabilidad muy pobremente asumida nuestros representantes políticos.